Carta a los desocupados, a todos los trabajadores, a los humildes.

El hambre no termina cuando termina la changa: ¡La organización tampoco!

Desde marzo atravesamos una época excepcional, que entre tantas dificultades, tiene la virtud de poner a la “normalidad” en tela de juicio. Por lo menos, para aquellos a los que la vieja normalidad les significa escaso compromiso. La “normalidad” es muchas veces un terreno donde el poder se ha impuesto. Para nosotros, la vieja normalidad no era precisamente la mejor manera de vivir. La calma apacible de los poderosos no es otra cosa que la normal humillación de los humildes.

Para nosotros la normalidad del hambre, del frío, del cansancio. La normalidad del calor aplastante. La normalidad de la lluvia que inunda las cloacas y las casas. La tormenta normal que te vuela las chapas. La normalidad de no tener donde estar, la de no tener hogar o que la guita no te alcance para alquilar.

La normal frecuencia accidental de los bondis que nos llevan como ganado al matadero en viajes interminables. La normalidad de ver a los chetos bailando en un yate mientras sin un mango cualquier sueño es frustrante. La normal frustración humillante de querer y no poder lo que ellos tienen, pueden y quieren. La indignación que de normal deja de ser tal. La normalidad de la desocupación y la normal vergüenza de ser descartables para empresas que con contratos basura (o sin contratos), te despiden con el chamullo de “bajo rendimiento”. Eficaz zancadilla psicológica al auto estima para luego “comprarte” a mucho menor precio.

Frente a esa normalidad, la “excepción”, es tristemente esperanzadora. Incluso sabiendo que los más humildes somos los que haremos el mayor esfuerzo para salir de la situación general de deterioro y los que afrontaremos las mayores consecuencias.

La “crisis”, para los que ya es habitual, es una oportunidad para ensayar y mejorar lo aprendido, para ofrecerlo, e incluso imponerlo, al resto de la sociedad. Siempre han sido los humildes la última y mejor respuesta de las sociedades para rehacerse.
Ésta no será la excepción.

Las ollas populares y la organización han sido la respuesta digna e inmediata del pueblo oriental frente a la llegada del Covid 19 y al “sálvese quien pueda” que tienen como reflejo natural los estratos poderosos. Sostenerlas ha dejado a la vista la firmeza y determinación. Sin embargo llegando a fin de año observamos el recrudecimiento de la crisis sanitaria, que agrava una situación económica y social lamentable. Mientras, los más acomodados, ya se han habituado obedientemente a la “nueva normalidad” y se fueron de vacaciones.

Sin embargo ni el virus, ni el hambre, ni el desempleo se toma vacaciones. Por tanto, la organización y las ollas tampoco. El desempleo crece sostenidamente poniendo a comunidades enteras en una situación angustiante. Es ahora, a un año del comienzo de la epidemia, que habrá que agrandar el esfuerzo, movilizarse y retomar la iniciativa. Es en estas circunstancias que proponemos y llevamos adelante la construcción de bolsas de trabajo en cada uno de los barrios donde hay ollas populares organizadas. Es el paso organizativo subsiguiente al esfuerzo que hace varios meses hemos comenzado y que debe significar una alternativa en el porvenir. La
bolsa de trabajo deberá ser una medida inmediata para emplear nuestra fuerza de trabajo para subsistir y el germen de más y mejor organización de los humildes.

Una desocupada sigue siendo una trabajadora. Un desempleado sigue siendo un obrero. Los derechos de los trabajadores no se terminan cuando termina el empleo. El hambre tampoco. Nadie deja de ser obrero cuando se termina la changa.

Sin embargo en la realidad, en el movimiento que se supone comprende a la clase trabajadora, nada de esto es tan obvio. Allí parece que con la pérdida del laburo se pierde al menos el derecho a organizarse. Esta realidad ha marcado históricamente al movimiento obrero, no solo de nuestro país. Este mecanismo sujeta al movimiento obrero y a su acumulación y fortaleza, al mismo ciclo de evolución y desarrollo del capital. Es decir que los trabajadores, como para organizarse dependen de la condición de empleo, están fuertes al mismo momento que el capital también lo está. A la vez, están débiles al mismo tiempo que el capital lo está. La
clase trabajadora entra en crisis cuando el capital entra en crisis, echando a perder el mejor momento como para, si no derrotarlo, al menos modificar las relaciones humillantes de poder.

Así además, aunque sabemos que el trabajador se deprecia cuanto más se precian las mercancías que produce, en la lucha histórica, la clase trabajadora se debilita cuando sus amos están con sus cadenas más flojas y sus grilletes más débiles. La evolución de la organización de los humildes, hace que ni cuando los ricos están un poco débiles como para servirse de su sufrimiento, puedan
reponerse del mismo. Sufrimos cuando nos explotan y sufrimos cuando no lo hacen. Nos enajena trabajar para el beneficio ajeno, pero más nos enajena cuando los ricos no nos emplean en sus negocios. Generalmente también porque rige otra razón que como la anterior se sostiene con el poder de la normalidad: el que no tiene empleo no tiene trabajo. Una gran ficción que se asienta también en el terreno de lo “normal” y que solo lo extraordinario lo pone a tambalear. La verdad es que la riqueza la produce el trabajo y el trabajo es patrimonio de todos quiénes solo contamos con ello para sobrevivir. De hecho es el único patrimonio. Y no cesa cuando termina
el empleo. Es más, allí debería comenzar el trabajo libre. De ahí que organizarse al momento en que el capital está en crisis no solo es la manera de abandonar la angustia del desempleo, sino que será la manera de ensayar el mundo nuevo.

La sujeción de los humildes a la salud del poder, no solo responde a las relaciones de poder entre los ricos y los pobres, sino también a una relación de poder al interior de las clases populares, en la que los trabajadores más acomodados sostienen subordinados a los menos. De hecho los trabajadores más acomodados solo son «los más acomodados» cuando el resto no lo está. Mucho menos cuando todo está en crisis. Para los ricos esto no es novedad sino que un resultado obvio, buscado y logrado, de sostener una relación negociada con los sectores empleados y sostener bien cotizados a los sectores más especializados de la clase trabajadora.

De todo lo anterior se desprende la necesidad imponderable de construir la organización de todos los trabajadores y trabajadoras y sobretodo de construir una sólida trinchera para los que van perdiendo el empleo. Más en la circunstancia de la actual crisis sanitaria y económica.

Mucho más en nuestra condición de país capitalista y dependiente, en el que buena parte del empleo depende de gigantes patrones trasnacionales extranjeros, muy prestos a financiar el acomodo de una buena porción de las clases subalternas, necesario para sostener a la parte restante en la misma prehistoria. Hay un camino para continuar y sostener esta indignante condición, esta “normalidad” sin desordenarla, sin ponerlas en tela de juicio y ésta consiste en pedir renta. Quiénes nos sabemos los productores de toda la riqueza, no deberíamos pedir renta, sino que se nos devuelvan nuestras herramientas. Cuando perdemos el empleo no deberíamos angustiarnos, deberíamos indignarnos y reclamar lo que es propio. Nuestro trabajo no se pierde con el empleo, solo dejan de emplearnos para que salgamos con nuestras manos al mercado, para que baje el salario del que sigue laburando. No queremos renta, queremos dignidad.

Hay que librar una lucha para construir la Unión de los Trabajadores Desocupados. Es decir, la unión de todos los trabajadores. Para que la nueva condición, la de la desocupación, por el contrario de empujar a desvanecerse en aras de la propia supervivencia, se convierta en una nueva trinchera. Hay que lanzar una lucha a largo plazo en la que los trabajadores que van quedando desempleados vayan aportando sus fuerzas al molino de la construcción del mundo nuevo. Es la forma en la que los desocupados dejan de significar el ejército de reserva que mantiene a la baja los salarios de los empleados, para pasar a ser un gran ejército de trabajadores libres que garantiza el desenlace irreversible de la prescindencia de los ricos. Se tratará de demostrar que mientras han dicho hasta cansarse que somos los pobres los que “necesitamos”, los “vulnerables”, la realidad es que los únicos que “necesitan”, los “débiles”, los que no saben ni cocinarse para comer, ni higienizarse para vivir, ni trabajar para producir, es la clase rica. Los únicos imprescindibles son los humildes. Hay que crear la unión de todos los trabajadores, pero sobre todo de los desocupados. Hasta que los trabajadores desocupados sean en verdad trabajadores liberados.

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